HAMMAM JUAN MARTÍNEZ LAX |
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Fotos escaneadas del catálogo de la exposición, realizadas por José Luis Montero.
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ELOGIO A HAMMAM
Henos aquí, en un recinto que sugiere a la imaginación una disertación lírica del agua, ese elemento cercano y misterioso.
A ráfagas frías, a ráfagas cálidas o ardientes, en corriente escalonada o aquietada, con superficie espumosa, vaporosa: la densidad u gracilidad circulante, constante del agua. El agua purificadora, dispuesta para el namaz u oración musulmana, que ha de cumplirse cinco veces al día, acompañarse con la "pequeña ablución", el lavado parcial de manos, brazos hasta el codo, cara, pies y una cuarta parte de la cabeza. El agua, sobre todo, como eclosión sagrada, como omnipresencia física y apogeo placentero y ritual: la "gran ablución", que requiere el baño completo, con las prescripciones relativas al aseo corporal, relacionado con el recogimiento, la meditación religiosa. El agua representada, sugerida por su plasticidad estatuaria en un espacio escénico, desde los oculi de vidrio de la bóveda, que filtran la claridad exterior, hasta la "piedra umbilical", el mármol central dispuesto como mesa para masajes; y que brilla, siempre rociada, para remitirnos a los bellos versos de Ibn Zamrak, eternizados en las paredes de la Alhambra: El escultor, el artífice de este sarh salomónico, este jeu deaux, al que ha dado la inmovilidad perenne del arte, sintió el impacto de un Le Corbusier ante el estilo otomano y, también, se regocijó en las maneras pícaras del muy perspicaz castellano escondido tras el nombre de Pedro de Urdemalas, que recalcaba el buen uso que del baño hacía el "infiel" turco, a la vez que deploraba el desaseo crónico de su coetáneo cristiano.
El constructor, el ideador de esta alhama es un mozárabe que poco o nada entiende de reconstruidos o reconquistados reinos, o de la imposición de un credo de muchos puntos contrario a la naturaleza humana, en todo inclinada al goce de la vida.
En un cuento aljamiado, titulado El baño de Ziryab, de autor morisco, se indica a los menesteres de obras el canalizar bajo tierra tuberías que "llevan el agua caliente al aposento frío, el agua fría al aposento caliente...". De aquellos ritos de purificación por el Corán dictados, y conservados por la costumbre de los años, el baño pasó a transformarse en hábito de higiene; pero, también, en una frecuencia placentera para el sibarita, el más auténtico de los agüistas. Así como alguien que ha estudiado la arquitectura del baño a través de su literatura, acentúa, diciendo que esos lugares "eran casas de placer en todo su significado", Es decir, que también la piedad islámica se fue rindiendo a la seducción de los cuerpos desnudos en contacto con las aguas voluptuosas, habitud normal de sus antecesores griegos, romanos y bizantinos, en sus celebradas termas. Y en cuanto a este nuevo conjunto: sala de baños, hornacinas, celosías o útiles complementarios, es como si hubiera estado oculto secretamente durante siglos; y, tras la prohibición, luciese ahora con una rara contemporaneidad, inaugurada con el nimbo perlado de ese tiempo sobre sus vidriadas piezas, sobre su sobrio estilo. Por sus reflejos metálicos, dados por la acción de la "carbonación", el barro metamorfoseado en el crisol de la mufla, en el corazón del horno, tiene un nexo simbólico con el trato terapéutico y gimnástico del cuerpo que se entrega a las indistintas fases del baño; flagelo de las temperaturas alternadas, exudación, masaje, inmersión en la pila central, relajamiento... Así, tarros para farmacopea, especieros de perfumería, cúpulas, píxides, alcancías, etc., ambientan la alhama, el hammam, el calefactorio, y lo complementan; y al bañista lo otorgan la atmósfera, el escenario magnífico, que es posible por el espacio y la mano del Arte. Por estas paredes, entre vapores y olores, asoma la Historia, que ha estado escondida en un pliegue de intimidad, durante un largo bostezo de tiempo. Y una seña acaso no sea necesario encontrar, explicitada en cualquier ángulo, loseta o base de uno de estos cubículos bulbiformes...; es decir, la expresada en estas palabras: "Juan Martínez Lax fecit".
Soren Peñalver
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